14/10/07

Tres poemas de Enriqueta Ochoa. 1928, Torreón (Coahuila, México)


El Hombre


¿Qué ha visto el hombre?
Nada.
Ciego y desnudo llegó,
y desnudo y ciego se irá
del polvo al polvo.
Un gesto de ternura podría salvar al mundo,
pero el hombre jamás bajó los ojos
a ese pozo de luz.
Llorarás, le dijeron,
mas no es fácil llorar.
Llorar es desprenderse,
irse en ríos de uno,
y el hombre sólo sabe
devorar y perderse.
No conoce más muros
que los que cercan su ciudad en sombras
y hasta allí ha bajado a envejecer,
a morir en sí mismo,
a sepultarse testarudo,
mientras la soledad circula por su cuerpo
como el viento por una casa en ruinas.
Yo insisto,
un gesto de ternura podría... , de pronto,
me irrito, tiemblo, río, me quebranto.
Yo soy el hombre.



Hacia el cristal secreto de los frutos

Dios mío,
de tus labios bajan ríos de luz
hacia el cristal secreto de los frutos
y amanecen maduros.
Muchos hombres vienen al mundo
a buscarse un lugar
Yo he venido en éxtasis desde el Alba,
atraída al aroma que escapa de tus cestos,
pidiendo dormir entre tus frutos esta noche
para que mi corazón madure.



El Corán

Color lila era el manojo de lirios
que dormitaban sobre la mesa,
y en el mantel (podría jurarse)
que se había vertido
el rubor de las amapolas.
Cerré los ojos,
sentía el soplo de oro de la tarde,
su docilidad de miel.
Al cancel del jardín
se detuvo un viejo hermoso
que cegaba por la albura de su chilaba
y de la barba,
como si sobre de ellas hubiera nevado
toda una noche entera.
De sus labios emergió el Corán,
las palabras -frutos maduros-
se quedaron meciéndose en el aire,
suscitando un sabor de rosas maceradas.
Suspenso estaba como el que desde lo alto,
reposando contempla el valle prometido.
En su torno se agruparon las creaturas.
Cuando la tarde cerró,
se alejó perdiéndose entre un hálito
de espumas y silencio.


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2 comentarios:

Hec dijo...
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HimenComplaciente dijo...
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